La naturaleza del parto

Alicia Elízaga Struck

Nacimos hombre y mujer y tenemos el regalo de ser diferentes, iguales y complementarios, pero a veces confundimos esos tres conceptos.

Las diferencias nos dieron a las mujeres el privilegio de poder concebir, parir y amamantar, aunque no siempre sepamos hacerlo.  Estos privilegios han ya dejado de ser parte de la naturaleza para convertirse  en una “especie de enfermedad” que tiene que atenderse en un hospital por médicos especializados, lo que implica altos costos. Es como si tuviéramos que ir a un sitio especial con médicos especializados y diestras enfermeras para que nos ayuden a comer, a defecar, o a dormir. Cierto que algunas personas se han atragantado y fatalmente se han ahogado. ¿Pero que tan frecuentemente sucede? Si analizamos la proporción entre las personas que comemos y fallecemos por atragantamiento, comparada con la cantidad de mujeres que tienen un bebé de manera natural y mueren por ello, estoy segura que más personas mueren por atragantamiento que por dar a luz.

Dar a luz se ha metido en un patrón basado en estadísticas donde se considera que si no lo hemos hecho en un determinado número de horas, es patológico, delicado y digno de una cesárea, sin tomar en cuenta el tiempo real de contracciones, su frecuencia e intensidad, la frecuencia cardíaca del bebé, los niveles de oxigenación de la mamá, los niveles de líquido amniótico, el tiempo de embarazo y el estado general de la mamá. Maravillosamente la ciencia y la tecnología han avanzado y podemos medir esos criterios casi sin lugar a dudas, lo que nos da una gran certeza para saber cuándo puede o no, ocurrir saludablemente.

Si fomentamos el conocimiento del proceso del parto en la mamá, hablamos de la maravilla del mismo, consideramos cuáles son los fenómenos que se van a dar y tomamos en cuenta que debería respetarse el tiempo necesario para que el parto ocurra, habría más partos felices y menos personas dedicadas al comercio del nacimiento.

Me gustaría poder hacer un video sacando pequeñas escenas donde con cuatro dedos se abre ese pequeño y suave túnel en cada contracción, como si por ello el bebé fuera a salir más pronto o se le ayudara de alguna manera, cuando es él quien tiene que abrirlo lenta y suavemente. Es tan cruel, como si se le quisiera castigar por haber concebido a ese hijo. Es tan sádico ver hombres fuertes y grandotes presionando el abdomen de la mamá con brazos y puños, manteníendola acostada y amarrada de manos y piernas. Si no nos dijeran que se supone que “la están ayudando”, nos parecería uno de los tormentos más patéticos y crueles que se pudieran ver.

¿Me pregunto, por qué no se publican ese tipo de escenas? ¿Por qué las mujeres no denunciamos estos hechos, que con tanta frecuencia ocurren?

La respuesta a la primera pregunta es porque se acabaría el comercio del parto. La respuesta a la segunda es porque las mujeres estamos obnubiladas y solamente vemos al bebé, nos ocupamos de el estado en el que se encuentra, sin importar nada que haya ocurrido en el proceso. Porque al ya tenerlo en nuestros brazos, incluso agradecemos, sin saber que realmente fuimos ofendidas, maltratadas y violadas en el sentido literal de la palabra, con el argumento de “salud”. Vaya salud que nos han vendido y por ignorancia o miedo nos hemos comprado.

El nacimiento es un proceso que debiera llevar días, como el nacimiento de una flor, desde el momento en que empieza a brotar el botón, hasta el día que abre por completo y muestra su radiante belleza. Así es el nacimiento y ¿Quién ha visto nacer una flor en 12 horas? Se lleva días, incluso semanas. Si eso ocurre con una flor, no podemos esperar que un ser humano nazca más rápido.

El nacimiento humano empieza a prepararse desde el sexto mes de embarazo. Poco a poco, lenta y suavemente el cuerpo cambiará, de albergar, proteger y sostener, a descender y abrir paso para su maravillosa salida al mundo. Hay sensaciones que manifiestan los cambios que se van dando, hay movimientos que se van sintiendo y lo que tenemos que hacer es nada, exactamente nada más que vivir normalmente, moviéndonos a donde necesitamos, escuchando a nuestro cuerpo, que nunca se queda en silencio y por ello hacemos oídos sordos a su voz.

Si hablamos con nuestra pelvis y entendemos racionalmente que está unida por maravillosos tejidos elásticos, que se abrirán para dar salida al bebé, entenderemos que las sensaciones deberán ser muy pero muy intensas y a su vez, maravillosamente mágicas e increíblemente remembrables. Aunque las recordaremos parcialmente, porque sabremos cómo fueron, pero una parte de ellas será imposible de recordar, por ello su magia.

 

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